Discurso de orden de Arturo Uslar Prieti
Discurso de orden en el senado del congreso de la República, por el Dr. Arturo Uslar Pietri, en la conmemoración del sesquicentenario de la muerte del Generalísimo Francisco de Miranda.
* José Miguel Salas Mejías.
En la alta noche del 13 al 14 de julio de 1816 el reo de estado, Francisco de Miranda agoniza en una sala del hospital de la prisión de la Carraca, en Cádiz. La estertorosa respiración se confunde con el resonar lejano del mar que trae sordo de los libres caminos del mundo. Lo alumbra un Cirí vacilante y lo acompañan silenciosos y sobrecogidos una monja, el prisionero peruano Manuel Sauri y su fidelísimo criado Pedro José Morán.
Llegaba a su doloroso fin y su prometeica expiación la más extraordinaria personalidad que hasta entonces había florecido en el vasto, desconocido y rico limo del Nuevo Mundo. Era la flor y la asombrosa síntesis de tres siglos de historia y de magia creadora. Trecientos años de presencias, de encuentros, de conflictos y de mestizajes, en el más sobrecogedor escenario natural que el europeo hasta entonces había conocido, en que los cristianos viejos de Castilla, con su pica, su cruz y su codicia heroica entraron en contacto con algunas de las más viejas y cerradas civilizaciones del orbe.
Con sangre y dolor y destrucción y fecundo maridaje estaba vivo y encendido el diálogo, o el combate o el casi erótico tejido de destino de Colón con los taínos, de cortés con emplumado Moctezuma, de Atahualpa con Pizarro y en la tarde increíble de Cajamarca. Se había levantado el gran coro confuso de la selva, el río, el rebaño de cumbres nevadas de la cordillera con las palabras entecas, del castellano, las pajareadas voces del indio y la resonante saloma del negro. De todo esto se había estado haciendo en verdad un Nuevo Mundo, que ya no era ni podría ser mera y simple prolongación de Europa, ni estática permanencia de lo indígena, sino ocasión contradictoria, rica y difícil extraordinarias hubo evidencias desde las primeras horas.
La visión de la utopía, que prendió en el alma generosa y desengañada de Tomás Moro, tenía su raíz viva en la emoción de las descripciones de Américo Vespucio; el gran despertar ansioso en busca de la fraternidad y de la libertad, que sacudió a Europa y la lanzó en la era de las revoluciones, tuvo su primer origen en la imagen del indio americano, puro, inocente, simple que llevaron las primeras cartas de relación a un mundo prematuramente envejecido en la guerra, en la avaricia, en el odio y en el ansia del poderío.
Un destino nuevo y distinto para el hombre en la nueva tierra fue lo que propusieron, entre muchos que ya no recordamos, Bartolomé de las Casas, vasco de Quiroga, los jesuitas del Paraguay y todos los que en aquellos tres largos siglos de acomodamiento y creación creyeron que América debía ser la ocasión de un renacimiento de Cristo, o sea, de un renacimiento del hombre, o sea de un recomienzo de la historia para el bien, para la paz, para la justicia y para el amor.
Esa angustia de no ser pasivos herederos de una Europa mezquina, sino creadores de un nuevo tiempo para todos los hombres, esa pasión sin sosiego de afirmar el propio ser y la propia dignidad frente a un pasado oscuro y a un porvenir dudoso, esa conciencia de estar investidos con una misión que trasciende de lo personal y de lo inmediato, ha sido y es la marca de lo hispanoamericano en lo más grande espíritus que han florecido en este continente. En ninguno antes que él se dio esa condición con tan imperiosa grandeza y con tan vasta y rica variedad como en aquel hombre que agonizaba en la Carraca hace cientos cincuenta años.
Su vida y su angustia era la síntesis de un mundo y de su destino, que vino a concretarse en él, a reunirse en el para cobrar plena conciencia de su condición y para ver declarados los caminos de su mañana inimitable.
Estaba viejo y envejecido a los sesenta y seis años, pero hasta el último momento lleno de vigor y de esperanzas. Sólo los que tanto han dado a la vida pueden esperar tanto y tan desesperadamente de la vida. Era el reo de estado, de los engaños lejos de todos lo que pertenecía y lo aguardaba, pero soñando y esperando, hasta aquella trágica hora sin regreso, en la fuga, en el regreso, en la vuelta al combate, a la tarea creadora a la empresa de Colombia, a la creación del Nuevo Mundo.
Es como si hubiera concurrido a otra gran cita de la historia. En la voz temblorosa de los hombres de la Gran Asamblea en las resonantes frases de Mirabeau, en las primeras gacetas revolucionarias, ve hacer su entrada a un nuevo personaje de inconmensurable dimensión a la escena que hasta entonces habían llenado reyes y señores; se ha incorporado el pueblo. Ya estaba de regreso en Londres cuando ocurre la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789.
No vio el sol de aquel día de ira y heroísmo, de cabezas cortadas y de esperanza inmortales, de cantos y de picas, de barricadas y de arengas, en las calles de París, como tampoco ahora veintisietes años más tarde, iba a ver la luz de inmortales el 14 de julio de 1816. Allí expira a la una y cinco minutos y apenas muerto lo llevaron con colchón y pertenencias a la fosa sin nombre y quemaron cuanto pudo quedar de él.
Aquí esta el congreso de Venezuela, aquí esta el pueblo que él sirvió, aquí esta viva la bandera que él nos trajo y aquí está presente, ejemplar y señero, Francisco de Miranda, Generalísimo del compromiso de gloria y de grandeza que fue y que tiene que ser Venezuela.
Caracas, 14 de julio de 1966.

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