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Hombre, razón y lenguaje en Miguel de Unamuno

Hombre, razón y lenguaje en Miguel de Unamuno

Jesús Alberto Castillo

jesacas@gmail.com

 

 

            El prolífico pensamiento de Miguel de Unamuno ha sido de gran trascendencia en el campo de la filosofía actual. Extraños y propios siguen de cerca el gran legado dejado por este destacado español, cuyos alcances han generado controversia sobre la existencia humana.  Precisamente, este intelectual nacido en Bilbao (1864) y fallecido en Salamanca (1936), tuvo una personalidad muy enigmática hasta el punto que se opuso al nacionalismo vasco que demandaba su origen familiar. No en vano su tesis titulada “Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca” (1884), le permitió doctorarse en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. Posteriormente, se dedicó a la enseñanza del griego en la Universidad de Salamanca desde 1891 hasta 1991, fecha en que fue nombrado rector de la misma.

                        Si bien en sus inicios este filósofo, novelista, poeta, dramaturgo y catedrático español se identificó con las ideas racionalistas y positivistas de la época, en la medida que se formaba comenzó a desechar esas posturas para asumir una visión más existencialista de los hechos y una creencia voluntarista hacia Dios, influenciado por filósofos notables como Arthur Schopenhauer, Adolf von Harnack y Soren Kierkegaard. Es a partir de aquí que desarrolla su noción vitalista del hombre donde juega un papel preponderante la inmortalidad del ser humano y de un Dios que debe orientar los pasos del primero.

De manera que en Unamuno se conjuga una especie de lucha entre su razón que le lleva a ser escéptico y su corazón que urge agónicamente de la presencia de Dios. Entre sus obras más emblemáticas, tanto en el campo filosófico como literario, tenemos “En torno al casticismo” (1895), “Vida de Don Quijote y Sancho” (1905), “Por tierras de Portugal y España” (1911), “Del sentimiento trágico de la vida” (1913), “La agonía del cristianismo” (1925), “Paz en la guerra” (1897), “Niebla” (1914) “La tía Tula” y “San Manuel Bueno, mártir” (ambas de 1933), “El Cristo de Velázquez (1920), etc.

La trascendencia del hombre

 

            Cuando se analiza el pensamiento filosófico de Unamuno hay un esfuerzo por ubicar al hombre en una actitud de infinitud. El individuo posee anhelos de infinito, quiere ser más que hombre, tiene anhelo de superación y trascendencia. Esa esencia no necesariamente refleja el empeño de persistir eternamente, tal como lo creía Spinoza, sino en su empeño por universalizarse. Es su hambre y sed de ser eterno e infinito. Unamuno sentencia que todo ser creado tiende no sólo a conservarse en sí, a protegerse y perpetuarse, sino le anima el espíritu de invadir los espacios de los demás, es decir, a ser los otros sin dejar de ser él mismo. De aquí que uno puede recoger a primera vista el principio de alteridad que se refleja en el pensador vasco.

 

            En su centro filosófico el hombre intenta ensanchar los linderos del infinito, pero sin romperlo. Allí radica su conducta vital. El hombre sabe lo que quiere. Lo irrelevante para él no es lo que es sino lo que quiere ser y alcanzar. “La clave de la vida humana, es que el hombre sepa lo que desea ser. El ser que es no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quiere ser en verdad es la idea de Dios, conciencia del Universo: es la divina idea de que el hombre es la manifestación en el tiempo y en el espacio”. En esta frase se nos refleja el hombre de Miguel de Unamuno, un ser que necesita liberarse por una extraña necesidad que no lo deja vivir. Ese ser debe romper las cadenas y tener un anhelo que debe empujarlo hacia la lucha, de la misma forma como el hambre y la sed lo obligan a alimentarse.

 

            Ese impulso intrínseco en el hombre por liberarse y trascender, según Unamuno, radica en la búsqueda de su propia existencia y en sus ansías por más vida, pero sin dejar de ser él en esencia y espíritu. Aunque pareciera una contradicción, el filósofo intenta desnudar la naturaleza del hombre en la tierra para llegar a ser como Dios. El primero está hecho a obra y semejanza del Arquitecto del Universo, sin que ello signifique que deje de ser hombre. Por ello escribe “el secreto de la vida humana, el general, el secreto raíz del que todos los demás brotan, es el ansia de más vida, es el furioso e insaciable anhelo de ser todo lo demás sin dejar de ser nosotros mismos, de adueñarnos del universo entero sin que el universo se adueñe de nosotros y nos absorba; es el deseo de ser otro sin dejar de ser yo, y seguir siendo yo siendo a la vez otro; es, en una palabra, el apetito de divinidad, el hambre de Dios”.

 

La razón en el drama de la vida

 

            Igualmente, la razón se ubica en el centro de la filosofía de Unamuno. Ella es el origen de toda la problemática del hombre. Pero esa razón no es lógica e inteligibilidad. Es el propio drama de la vida, los padecimientos del hombre como sujeto individual y social. Por ende señala que “la razón humana, abandonada a sí misma, lleva el absoluto fenomenismo al nihilismo. Toda aceptación de algo sustancial y trascendente es cosa de imaginación o recuerdo de fe. La Idea, el Absoluto, la Voluntad, el Incognoscible no son más que ideas nuestras, fenómenos de nuestra mente. Y nuestra mente no es más que una apariencia. Para ella no hay más realidad que la apariencia misma”. Sin embargo, el filósofo vasco destaca que esa razón pide como necesidad mental algo sólido y permanente. Solicita desesperadamente algo que sustente las apariencias de las cosas. Y es así que llega a la desoladora vanidad infinita del todo, es decir, a la vanidad de las vanidades. Es esa vanidad, de acuerdo a Unamuno, el último punto de la sabiduría humana.

 

            Desde esta perspectiva, el autor español va más allá del sentido de la razón expuesto por Inmanuel Kant, en la cual no podemos decir nada, es decir, no hay conocimiento en sentido estricto. Dios, Alma (yo) y Mundo no pueden ser conocidos por el hombre. La razón sólo permite pensarlos pero nunca conocerlos. En cambio para Unamuno, el problema no es la posibilidad sino el deseo. Lo fundamental no es lo que puedo conocer, sino lo que quiero o deseo conocer. Destaca, por consiguiente, “es sabido por todos que la razón que hemos heredado de Kant limita el espacio del conocimiento humano dentro de lo que él denomina `posibilidad`. La investigación crítica realizada en la analítica trascendencia nos ha convencido ya suficientemente que las proposiciones susceptibles de ampliar nuestro conocimiento más allá de la experiencia real jamás pueden conducirnos más allá de una experiencia posible”.

 

De allí que para Unamuno la razón, esa vía del conocimiento, va acompañada del deseo, voluntad, sentimiento y libertad del hombre. Esos factores son los que le dan vida y razón de ser a la razón, no a la razón reducida expuesta por Kant que sólo permite momificar la filosofía. Una verdadera razón, es aquella que trascienda y permita que el hombre se supere, sea creativo y logre buscar su propia filosofía que no es más que su propia función vital. Es la vida del hombre de carne y hueso la que le impone su propio modo de percibir y entender tanto la filosofía como otras disciplinas cotidianas. “La filosofía racionalista se ha planteado el estudio de cadáveres de pensamiento, entes de ficción sin vida ni realidad”. Para Unamuno la filosofía nace de la necesidad de sentir por parte del hombre en su vida. A él no le basta con vivir, sino en darle sentido a su vida. La razón y existencia humana se unen en un solo componente para enriquecer la filosofía y el conocimiento.

 

El lenguaje y la realidad circundante       

 

El otro aspecto básico en el pensamiento de Unamuno es el lenguaje, es decir, la expresión de las cosas que abarca el universo. A través del lenguaje, la filosofía adquiere una nueva forma en la que puede representar sus temas fundamentales.  Ahora bien, ¿qué tipo de lenguaje representa mejor los aspectos neurálgicos de la filosofía actual? Acaso, ¿es la poesía, la narrativa, el arte o la música? Para el autor vasco el lenguaje expresa realidades, pero no todas las realidades son expresables por el lenguaje (Unamuno, 1966, citado por Gómez Miranda, 2005). Las realidades que más nos inquietan son aquellas que resultan ser incomodas para el lenguaje. No se dejan expresar tan fácilmente. El filósofo español pone como ejemplo que todos los sentimientos humanos (amor, odio, admiración, tristeza, envidia, entre otros) han sido expresados históricamente por medio de lenguajes poéticos, metáforas, musicales, relatos, novelas, cuentos y otras expresiones literarias. No obstante, en la medida que el tema es más hondo, menos materialidad tiene el vehículo que lo expresa.

 

Unamuno rescata su habilidad literaria para señalar “el poeta es el nos da todo un mundo personalizado, el mundo entero hecho hombre, el verbo hecho mundo; el filósofo sólo nos da algo de esto en cuanto tenga de poeta, pues fuera de ello no discurre él, sino que discurren en él sus razones, o, mejor, sus palabras. Un sistema filosófico, si se le quita lo que tiene de poema, no es más que un desarrollo puramente verbal; lo más de la metafísica no es sino metalógica, tomando lógica en el sentido que se deriva de logos”. La verdadera realidad que soporta a este mundo de imágenes en el que vivimos es lo que ha llevado a usar todos los instrumentos imaginativos y lingüísticos que se encuentra a su alcance. De allí que Unamuno sentencie “para expresar un sentimiento o pensamiento que nos brota desde las raíces del alma, tenemos que expresarlo con el lenguaje del mundo, tomando el mundo, de la sociedad que nos rodea, los elementos que dan consistencia, cuerpo y verdad a ese follaje”. Estas lapidarias palabras nos muestran como a través de la literatura y el lenguaje grandes hombres y mujeres han podido plasmar la realidad cotidiana, envuelta de magia, creatividad y ficción.

 

 

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